jueves, 4 de octubre de 2012

OJOS SIN BRILLO

Crónica final




Los miedos en ocasiones nos llevan a encerrarnos en una burbuja desde donde nos sentimos seguros, como investidos por un manto de protección y calor que difícilmente podría ser deshecho. No queremos que nadie nos hable al respecto y si se llega a nombrar el tema, enseguida vienen las excusas y los lamentos, partimos a toda prisa para que no se descubra el temor que prefiere guarecerse que enfrentarse.

Desde muy chico, precisamente desde el fallecimiento de mi abuelo paterno, hice un  pacto con migo. Recuerdo que tenía 10 o 11 años, ya sabía lo que era la muerte, el hecho de que la persona no volviera nunca más, que su rostro se quedara en las fotografías o en los recuerdos.

La primera imagen que viene a mi mente de aquella experiencia es la máquina de cafés y los cubitos de azúcar de la funeraria, supongo que preferí jugar con ellos, divertirme con la oscuridad del tinto que sombrea la blancura del cubito y luego se lo traga, lo disuelve y se lo lleva al pozo de la taza. Allí estaba también yo, en el pozo de mis pensamientos, resguardado en mis juegos, haciéndome pasar por desapercibido frente a mis propios familiares con único fin de que nadie me acercara al ataúd abierto de mi abuelo.

No sé exactamente si tenía miedo, sería normal ya que mi edad lo permitía en los límites de lo normal, sin embargo ese día me juré jamás mirar al interior de un ataúd. Así pasó el resto del día en la funeraria. Mi familia apenada y llorando, y yo, buscando juegos improvisados y excusas para que no me alzaran ni me llevaran a rastras hasta el cofre pintado de caramelo para ver un rostro que me imaginaba aún vivo.

El tiempo ha pasado y he asistido a otros cuatro o tres velorios más, el del padre de un primo, el del hermano de un amigo, el de mi abuelo materno y el de un familiar de mi novia, y en ninguno de los casos me he atrevido a asomar mi cabeza por el cofre abierto. Siempre digo –es mejor recordarlos como eran antes –sin embargo, cuando voy a velorios de personas que jamás había visto tampoco me atrevo a mirar, me impido caminar rumbo a ese largo lugar de reposo, oloroso a flores, a perfumes, a polvos de mujer y a incienso ascendente.

Quizás sea cierto, a lo mejor le tengo miedo a los cadáveres –pensaba hace unas semanas –por qué no averiguarlo de unas vez por todas, a ver si es que jamás me voy a atrever a acercarme a un sarcófago con un muerto, por qué no irme a la fuente y verlos desnudos, sin arreglar, aún mohosos tal vez, aún con rastros de color en su piel marchita; por qué no recorrerlos con la mirada, y si es que tengo miedo, por qué no averiguarlo de una vez por todas y salir despavorido frente al rostro de la muerte.

Entrar al anfiteatro será un enfrentamiento psicológico con migo mismo. Antes de tocar aquel piso frío o limpio mi espíritu está sereno, de hecho está ansioso. Me hago entonces preguntas que me desconciertan como ¿por qué es que no me atreví nunca a ver el rostro de los muertos si desde muy chico me han gustado las películas de terror, de sangre y de cadáveres? ¿Cómo es que después de pasar tantos videojuegos sangrientos piense que le tengo miedo a los muertos?

Mi abuelita si dice “a los que hay que tenerle miedo es a los vivos, los muertos ya no pueden hacer nada”. Por otro lado también recuerdo que de niños éramos, mis amigos y yo, muy masoquistas con esto de influirnos temor, quizá algo quedó de aquellos juegos macabros.

Situados ya en el presente, he decidido averiguar de una vez por todas que sucede con ese episodio enlagunado de mi vida. Por cuestiones del destino, una familiar muy cercana, mi prima María Andrea Castellanos, estudia enfermería en la UIS y, al hacer contacto con ella, una mujer muy hermosa por cierto, no me imaginé que ella podría ser quien me llevara a este sitio donde tal vez entraría a descubrir una parte de mí que siento empantanada.

Al preguntarle sobre sus experiencias ella respondió:

Cuando se ingresa por primera vez al anfiteatro todos tienen diferentes reacciones en mi caso personal fue impresión pero a la misma ves tenia ansiedad de mirar el cuerpo y saber cómo eran los músculos realmente, pasan muchas ideas por la cabeza porque es mirar el interior de un ser que alguna vez estuvo vivo y que tristemente nadie reclamo su cuerpo.

Muchos de mis compañeros se marearon, empezaron a sudar y a ponerse fríos porque algunos cuerpos están en muy mal estado y se ven despedazados los músculos parecen carne desmechada suena terrible pero es así, además el olor a formol es bastante incómodo.
Algo que se me olvidaba en la primera visita cuando se finaliza la práctica, entregan una encuestas donde hay preguntas como, su reacción en el anfiteatro fueron : de miedo, de ansiedad, de incomodidad, y así sucesivamente. Ya que hay casos de estudiantes que generan unos traumas y tienen pesadillas y el miedo es tanto que les impide el ingreso a la práctica.

Yo me he dado cuenta que ya es tan cotidiano estudiar en un cuerpo que muchas veces nos olvidamos que es una persona y no la tratamos con la delicadeza que se merece el cuerpo.

A pesar de todo lo anterior no deja de ser emocionante tener la oportunidad de ver el cuerpo humano en el interior y estudiar su funcionamiento, siempre que hay una práctica se aprenden millones de cosas.

 Supongo que hay situaciones que es mejor no develar ante uno mismo. Pienso que por eso pasó lo que pasó y mi visita a ese lugar se entorpeció hasta más no poder. Sin embargo, me quedan todas las imágenes que Andrea dejó en  mi mente, la idea de insensibilidad que crean los médicos que empiezan a jugar con los cadáveres como si fueran muñecos, como lo que son, objetos de estudio. Me molesta pensar de nuevo en que la mayoría son cuerpos que nadie desea reclamar, personas sin familia o que simplemente no tuvieron buenas relaciones con nadie, es triste, pero es cierto.

El ser humano, resulta en varias ocasiones, inhumano, y no lo digo solo por jugar con nuestros cuerpos después de la muerte y maquillarlos o abrirlos y llenarlos de líquidos para que se noten más las venas y podamos estudiarlo, no, hablo de la deshumanización con nosotros mismos, como en mi caso, con este miedo que no concreto, quizás sea mejor dejarlo madurar hasta que el día tenga que llegar y por fin descubra mi arrepentimiento, para qué afanarlo, curarlo a la brava, acaso no soy humano y tengo derecho a experimentar las sensaciones... acaso un cadáver necesita que yo me pare a su lado a tomarle fotos y a verlo deshumanizado en una camilla de acero, desnudo, morado, con los ojos dormidos, sin brillo y la boca azul. Me quedo con las imágenes y sigo con mis incognitas, ya vendrá el día del encuentro con mis temores.


DETRAS DE LAS VOCES




Cronica del oficio

No recuerdo en qué momento lo pregunté. Quizás inconsciente, pequeño desde los primeros días del sol en la ventana. Al lado del hombre de la gorrita, impregnada de todo el olor de pomarrosa, mientras sonaba el radio Casio apretujado de gomas negras. 

Sentados juntos, él en sus días de parsimonia en el mecedor y yo esperando algo o a alguien. Recuerdo que sonaba una música de ruidos como frotando platos, agudos que destajazan las vísceras que se suben a la garganta. De repente se agolpaban en el parlante unas voces como si dos personas estuvieran ahí metidas hablando sin más ni más, igual con el televisor y con los videojuegos. Eran aparatos que no entendía pero que cada día se hacían más cotidianos y familiares.

Años después, me di cuenta de que no solo escucharía voces extrañas por la radio, sino que mi voz y la de mis padres y amigos podía salir de la grabadora. Mamá me hacía estudiar así, leyendo frente a la grabadora. Ella también lo hacía y, en ocasiones, papá se animaba y nos divertíamos. Al principio no aceptaba que en una cinta marrón se grabaran cosas tan grandes como los sonidos, sin embargo, tuve que hacerlo, aún no me cabía en la cabeza. 

Algunos interrogantes se fueron despejando con los años, en teoría. Hoy apenas soy capaz de cuadrar algunas imágenes y algunos sonidos sin cuidado alguno, pero puedo decir que entiendo el audiovisual.  

Sin previo aviso, me encontré frente a frente con una cabina de grabación de radio. Una habitación cuadrada dividida en dos partes separadas con un vidrio limpio y grande. De un lado están los micrófonos y los locutores, de pie o sentados, riendo, preocupados o ansiosos; y del otro, está el responsable de que esas voces converjan en un ensamble de música, volúmenes, tiempos y secciones, el maestro de sonido.

Jairo Campillo, el experto de sonido de las Emisoras Uis. Entre los diversos oficios que yo podría conocer a través de una persona, este, fue uno de os que poco imaginaba. Verlo allí es inquietante, vercomo mueve palancas y botones mientras las personas le hablan a un micrófono. Cada vez que él hace un movimiento algo cambia en la grabación y la voz es entonces más nítida, menos chillona, más gruesa... tantos matices.

Aunque esto no es todo lo que él hace ya que, modestamente dirige casi trece programas de las emisoras UIS, es decir, él es una biblioteca de música, la persona que sabe en qué momento poner la canción adecuada, quién te puede ayudar a buscar esa letra que estabas esperando encontrar, Jairo no es solo quien está detras de las voces, sino el que más las escucha, quien las arregla, las maquilla, quien le da los efectos a todos los programas, y, así su voz no aparezca en ninguno de los programas, su sello está presente en todos los que edita.

viernes, 21 de septiembre de 2012

Psique vertical




“Un río de escamas brillantes parece saltar de la mano de un gigante negro”

Julio Cortázar, “Todos los fuegos el fuego

     El fuego llegó como la vida misma, sin aviso previo, sin una invitación, surgió por el mismo misterio de su naturaleza y abarcó el orbe aciago de la oscuridad. Ella lo invadió todo, tan hermosa y transparente, tan llena de sociego y de antojos seculares, de estelares arrogancias como solo es posible en natura. Fuego y luz se alieron entonces en la llama, en la delgada línea que mira hacia el cielo, en el trazo divino hecho de hechizos y destellos que en sí misma solo desea subir. Lucha incansablemente por buscar algo, por alcanzarlo en la altura, por encima de ella misma está su aire, todo, la desesperación de saber que si fuera posible podría consumirlo todo sin misericordia; forcejéa por salir de del pabilo que la sostiene, quisiera ver florecer ese orgullo de ser llama, luz y fuego, vida, destrucción, trazo de espuma cegadora para morir con todo cuando ya todo esté muerto.



     Las llamas, las chispas, el crepitar desesperado  y el humo danzante del fuego es herméticamente encerrado en el cuento de Julio Cortázar. Lo nombro como un pretexto para mostrar que el fuego es cosmos y caos, es la malignidad, la destrucción, el odio, y al mismo tiempo, puede ser vida, sosiego, amor, pasión o muerte. “El fuego es entre todos los fenómenos naturales, el más apto para encarnar valores contradictorios: el bien y el mal, la vida y la muerte, la permanencia y la fugacidad, la creación y la destrucción” (Benavides, 1980, octubre –diciembre, p. 485). De esta forma entendemos cómo desde un mismo elemento es posible lograr una ensoñación diversa, una serie de imágenes que remiten al mismo soplo flameante y ardiente, pero que en su uso, en su contexto, está nombrando una situación que, al lado de otra totalmente opuesta, cobra la misma fuerza porque las llamas son indiferentes a su arder, lo hacen igual en la ira o en el amor, la luz que emana de su cuerpo es convulsiva, amorfa, arde igual para alejar el frío de un hogar y hacerlo ameno a la noche, que para incendiar un aposento y dejarlo todo resumido a escombros, arderá igual en un antiguo coliseo romano que unas galerías de París.

miércoles, 1 de agosto de 2012

Crónicas de mi psique -Búsqueda-

     En las carreteras que en ocaciones se ven mohosas y viejas como si conducieran a una tierra de olvido y desmoronamiento sucesivo, siempre hay una salvación, una mancha de color inmesurable que puede expulsar cualquier tipo de estremecimiento... la búsqueda.

     No una búsqueda establecida y medida, incluso predestinada (esa vive en el mimso ser, pero en dimensiones temporales distintas), sino una curiosidad desprevenida, una curiosidad que se sorprende de pequeñas cosas, de minúsculos espacios de alegría, una curiosidad de asombro. "Cronicas de mi psique" vale para este campo subjetivo un orificio tan grande, que la materia prima para llenarlo, así sea infinita en sí misma, no podría saciarlo nunca. 


     
     En este apartado estaremos en una constante interrogación que viaja por acontecimientos de nuestro pasado, por los vericuetos de las letras que pertenecen a la historia inseparable de nuestros abolengos. La búsqueda le permitirá a estas letras tomar una voz distinta, la propia, la crítica, la de las mismas palabras que la expresan ya que el lenguaje es dueño de lo que calla y esclavo de lo que pronuncia (¿o esclavo de lo que calla y dueño de lo que pronuncia?) su mensaje, por más que se se quiera objetivar, siempre tendrá más carga subjetiva, así sea sobre echos reales.



ES NORMAL QUE ESTÉ LLOVIENDO EN AGOSTO

Coronel Aureliano Buendía

A pesar del inicio, no hablaré de Cien Años de Soledad. Es  solo que me cuesta aceptar que algo que creí maravilloso, así como Gerineldo lo creyó, no sea más que un acontecimiento de año tras año. Creí que alguna fuerza extraña hacía que del cielo se desprendieran gotas de felicidad o de tristeza, que el alba se despertaba con llantos mojados y embadurnados por el frío áspero del tintineo acuoso, y peor aún, relacioné este acontecimiento mágico con un día en específico, como si hubiese sido designio fatal que todos los años en ese día la tierra se bañara con el rocío del candor veraniego.  Fallé en la imaginación, como se falla en los sueños, pero el veredicto se ha cumplido juiciosamente año tras año.

A pesar de la anterior reflexión no deseo hablar de las lluvias de agosto, ya que no son las únicas, así como el único modo de lluvia no es agua que cae del cielo. En esto era muy instruida Alejandra Pizarnik, vasta con ojear su poema "Amantes":

Una flor
no lejos de la noche
mi cuerpo mudo
se abre
a la delicada urgencia del rocío.

 Erotismo  como canción a la superficie marítima del hombre, al caudal por el que corren sus más intimas sensaciones, rocío de juego de caricias, escencia de rimas de acacias plantadas en el oído. otro tipo de rocío, más denso y tibio, más imponente  y necio. De ese que uno mismo llama cuando ya no hay más salida, que nace del alma y no se aburre amando y odiando.

La poesía es la literatura de la verdad, y aunque algunos piensen que no dice nada, esa es una verdad para ellos, y si lo piensan, nada es más compacto y verídico que el silencio. La poesía es el lenguaje de la verdad, pero por el hecho de que sea verdad no quiere decir que sea fácil de descifrar, ni de leer, incluso de tomarle afecto. Si me preguntan diría que la verdad es como un niño recién nacido, exhala la belleza de su vida, del hecho de ser hermoso por venir al mundo, así llegue embadurnado de sangre, gimiendo, arrugado, morado y herido. Así es la verdad, hermosa por su nombre, no por su contenido. Estas dos formas de rocío y lluvia de agosto son naturales, mi orbe se repleta de ambos, pero hay otro en especial del que quiero ensayar esta noche... hablo del rocío musical.

Odio decirlo pero la música me ha abarrotado mis manos, mis pies, mis ojos e incluso mi espíritu. Incapaz de interpretarla desde siempre, la siento como si fuera  mía, como si las notas cayeran sobre mis oídos como agua y se introdujeran por ellos como serpientes adornadas de pequeños saltos, como una lluvia en el agua, como los magníficos reflejos en el agua... Debussy, el más influyente de los interpretes para mis sentidos. La serpiente se implanta en su desidia como notas cadentes de Listz en el Valle de Oberman, entonces me lleva el rocío anfibio por cometas marinas como ánforas con aberturas arcaicas y fragmentadas, cada vez que entro en su materia una parte de mi se corta en el borde y se mezcla el rocío con mi sangre hasta que ya no respiro sino la mezcla de notas y el sudor de mis sentidos.

Nima Sarkechik, pianista del  Conservatorio Nacional de Música de y Danza de París, le relató al público la hermosura de la obra del pianista Listz. Entonces descubrí que las notas amorfas en mi vientre y mente no eran serpientes sino crisálidas de recogimiento. El recogimiento de Listz, decía Nima, es la melodía infantil y bella, son las notas de caballería blanca y cabellos dorados, aromados con manzanilla y de pies arrugados, como la verdad, un recién nacido. Las notas se alternan amorosamente como una madre que mece la cuna de su hijo y pasa el viaje a la semilla. Cierro los ojos como un desalmado y me covierto en la persona más egoísta del planeta -existo solo con las notas -existo solo con las notas y la oscuridad que deleita los sonidos. Nima no se cansó de repetirlo la noche entera -El recogimiento de Listz -su vuelta a la infancia, su amor al ser propio y su educación, la dedicación a la forja de su ser. Allí habitó un espíritu.

Las crisálidas nacen con el estallido de los aplausos, así no pueda cambiar de puesto en mi silla para pararme, me regocijo de la satisfacción tan inmensa del canto que  me embarga. Azules fueron las mariposas que volaron sobre el espectáculo, lugo vinieron a posarse sobre los más pendientes y ellos asintieron con su corazón la dicha del canto en vivo.

Luego de un receso de movimientos silenciosos y rostro duro, cada parpadeo fue casi un incendio, cada reflejo cadente de los aleteos de mayor vuelo se fueron perdiendo en un diabólico Vals de Mefisto...

¡Cómo vuelve a hervir, cómo torna el arder! ¡Ve allá y consuélala, loco! Allí donde una cabecita cual la tuya no ve salida alguna, al punto se imagina que aquel es el final. ¡Tú estás ya de tuyo lo bastante endemoniado, pero para mí no hay cosa más patética que un demonio desesperado.

Y como si fuera Fausto bailaron los demonios en mi mente mientras de mí se moría un alma jóven y bella de amor incondicional. El Vals Mefisto Nº 1, ambienta los alrededores de la conquista de Fauto a Margarita. Fausto y Mefistófeles... la música infernal sigue, los amantes se aman y el infiero se abre para recibir a Fausto. Esto sucede en la versión que nos dio a conocer Nima, en ese magífico Vals se desciende al infiero, y se vuelve ileso, diferente pero ileso. Sin ningún rasguño más que una abertura en el alma que dejó una crisálida que voló muy lejos con sus notas, aquellas que no retumbaron más que en mi imaginación.