domingo, 27 de marzo de 2016

La mentira que vivimos (the lie we live)


No estoy habituado a compartir este tipo de videos en mi blog pero... merece ser visto por miles de personas.

Ver la realidad desde el día a día no nos permite una reflexión precisa de lo que sucede en el mundo. Cada vez que salimos a trabajar con la intención de ser mejores, de crecer como personas o de mejorar nuestra calidad de vida olvidamos que estamos inmersos en un sistema que nos mata lentamente. La comida, la medicina, la tecnología, todo está diseñado para hacernos más conformes e insensibles con lo que sucede a nuestro alrededor, guerras hambrunas, sequías... fabricantes de basura y basureros que son hogares de seres humanos; seres humanos que a través de sus multinacionales nos envenenan para que otra multinacional nos salve y siga con esta tradicion de trabajar, enfermar y morir lentamente.

Somos el cambio, darle vuelta a nuestras vidas es decisión nuestra y cada paso que demos en ese nuevo mundo será un aporte a la toma de conciencia... pasar la voz, para iniciar, cambiar de habitos, de estrategias de vida... descontaminarnos para ser prosperos en nuestro hogar, el mundo.

miércoles, 23 de marzo de 2016

PERFORMANCE:

 RENACER DESDE EL VACÍO

PREPARACIÓN

Universidad Industrial de Santander, domingo 13 de marzo. El día anterior quería escapar de mí mismo, quería sobrevolar las fronteras cercanas a la muerte donde no tengo que pensar desde mi cuerpo. Casi fue una preparación mental para el performance porque necesitaba dejar mi mente en blanco, quería olvidarlo todo pero en cada intento lo que hacía era recordar más de lo que podía soportar, apenas podía tolerar mi pensamiento rodando por imágenes y por las posibilidades del presente que tanto agobian. Tomé las llaves de mi motocicleta y  me fui a buscar la inmensidad en una tarde. Sentí la necesidad de llegar tan lejos y encontrar un sol que me hablara diferente que solo tomé las llaves y me fui; sabía hacia donde iba, sí; sabía por qué lo hacía, sí; sabía que funcionaría, tenía la esperanza. Fue irresponsable, sí, jamás conduje tan rápido y mientras lo hacía mis ojos no lograban concentrarse en la carretera, yo estaba buscando el sol, como idiota estaba buscando el sol de la tarde que se escondía en las montañas, en cada curva... no podía evitarlo, era como si una marea de estupidez y desencanto me hubiese atropellado y solo quisiera dejar de ser, dejarlo todo por un momento. Llegué sano y salvo, encontré mi puesta de sol, encontré los colores que buscaba pero ahí mismo estaba la miseria y el dolor pidiéndome de  comer. Esperé a que cayera la noche y todo estuviese a oscuras y fue tan bello... solo un farol iluminando mi corazón y mis ilusiones.

Es momento de olvidar y así lo hice... me dejé cubrir de la oscuridad y de una felicidad absurda que reposa en la soledad, caí y fui feliz cayendo, volando sin planear solo caer hasta lo más inocuo de mi pensamiento donde ni el bien ni el mal tienen un lugar. Entonces comprendí que había muerto por algunos momentos y fui feliz.

Salí a hablar con un amigo, estaba como si nada, ignorando que dentro de mi hubiese un agujero tragándose cuanta palabra que me recordara algo pasase por mi mente. Lo escuché y seguí vaciando mis dudas, mis angustias, fui cayendo tranquilamente en la desesperación de sentirme mejor. La noche fue tranquila al final porque logré dialogar con mi caos en medio de tanta soledad y vacío.

Todo en el más inconcebible silencio
Cada mirada en su lugar desde que supe leerte
Cada paso dado en falso porque esto no es más que una caída 
Todo el sonido de su voz no me dice nada
Pero sé que el vacío lo siente
Sé que cada vacío espera llenarse de algo
Y yo vine desde lo innocuo a cumplir esa tarea.

Desperté en trance, desperté en medio de un espacio reducido donde las limitaciones no nos dejan sentir casi nada de lo que normalmente el espíritu esta dispuesto a soportar. Desperté queriendo volar mientras mi cuerpo se quedaba inmerso en unos cuantos papeles y frente a los ojos de los demás. Sí, tú y solo tú, vacío, muerte, llenar mi vida de un momento mientras trato de olvidar y de acercarme a la muerte, así vivo esta obtusa existencia, queriendo resaltar y al mismo tiempo olvidar, queriendo ser para destruirme internamente, forjando una imagen que a la larga es eso, una imagen.




MOMENTO






                                 

                                                                                                                  

Algunas personas trataron de hablarme pero realmente no estaba allí. Es raro mirar todas estas fotos porque desde mis recuerdos solo existe un espacio negro que se viste de blanco y nada más, no hay ruidos, ni pasos, ni calor, ni saber, ni espectáculo. Francamente de ese momento no queda nada en mí además de lo físico. Algunas voces lejanas y mi mente calculando como aterrizar a este cuerpo. Estoy de vuelta, poco a poco vuelo. 

domingo, 13 de enero de 2013

Traducción al Prefacio de: “Rimbaud. Poésies. Une saison en enfer Illuminations”. Escrito por René Char en 1956.


Traducción al Prefacio de: “Rimbaud. Poésies. Une saison en enfer Illuminations”. Escrito por René Char en 1956.




Antes de acercarse a Rimbaud, deseamos indicar que de todas las denominaciones que han tenido curso hasta ahora sobre él no retendremos ni rechazaremos ninguna (R. el delincuente, R. el vidente, etc.). Simplemente ellas no nos interesan, exactas o no, conformes o no, dado que un ser como Rimbaud –y algunos otros de su especie –los contienen necesariamente todos. Rimbaud el poeta es suficiente, es infinito. El bien decisivo y siempre desconocido de la poesía es su invulnerabilidad. Esto está determinado, tan fuerte como el poeta, hombre de lo cotidiano, es el beneficiario de esta calidad de la que no ha sido más que el portador  irresponsable. De los tribunales de la inquisición a la época moderna, no se ve más que el mal temporal recaiga finalmente a puertas de Thérèse d’Avila, no más que de Boris Pasternak. No aprenderemos nada sobre ellos, quienes nos llegan intolerables y nos prohíben ver su genio. Diciendo esto, no pensamos más que en el justo juego de las compensaciones que les aplicará su clemencia como a cualquier otro mortal según las oscilaciones de los hombres y el sentir de los tiempos.



Recientemente, se ha querido demostrarnos que Nerval no había sido siempre puro, que Vigny tuvo miedo en una circunstancia tonta de su ancianidad. Antes de ellos, Villon, Racine (Racine que su más reciente biografía usa un lenguaje tan refinado y de una competencia que dejé de buscar). Aquellos que aman la poesía saben que eso no es cierto, a pesar de las apariencias y las pruebas inamovibles. Los devotos y los ateos, los procuradores y los abogados no tendrán acceso profesional a lado de ella. ¡Extraña suerte! “Yo es otro” (je est un autre). La acción de la justicia es opacada allí donde arde, donde se asienta la poesía, donde ha ardido algunas tardes el poeta. Que él se encuentra de valeroso profesor para arrepentirse cómicamente a los cuarenta años de vehemencia, admirado en la veintena de sus años, el autor de Illuminations, y restituirnos su felicidad anciana mezclada con sus arrepentimientos presentes, bajo el aspecto rosa de dos compactos volúmenes definidos de archivos, esta labor de reagrupación no junta dos gotas de lluvia a una onda, dos cascaras de naranja de más al rayo de sol que gobierna nuestros lectores. Nosotros obedecemos libremente al poder de los poemas y los amamos por su fuerza. Esa dualidad nos produce ansiedad, orgullo  y felicidad.



En el momento que Rimbaud partió, habiendo rodado una espalda esculpida de actividades literarias y a la existencia de sus hermanos del Parnaso, aquella evaporación instantánea en el momento sorpresa, no quiso instaurar un verdadero enigma hasta después, una vez conocida su muerte y la división de su destino, dibujada sin embargo por un solo trazo de sierra. Pretendemos creer que no hubo ni ruptura, ni lucha, ni violencia, la última crisis atravesada; pero interrupción de relaciones, parada del alimento entre el fuego general y la boca del cráter, luego, descamación de sitios imantados y ornados de la poesía, mutismo y mutación del verbo, término de la energía visionaria, finalmente, aparición sobre las pendientes de la realidad objetiva de otra cosa que sería, ciertamente, vano y peligroso de querer establecer acá. Rimbaud  tiene su obra, rápidamente constituida, a la carta, olvidada, no tiene verdaderamente nada sufrido, no la ha detestado, no ha sentido en su articulación oscura la verde cicatriz. De la adolescencia extrema al hombre extremo, la distancia no se mide. ¿Hay una prueba de que Rimbaud haya ensayado, en el periodo que siguió, de entrar en posesión de los poemas abandonados en manos de los viejos amigos? A nuestro conocimiento, ninguna. La indiferencia completa. Él perdió los recuerdos. Lo que sale ahora de la flaqueza de la rama en lugar de las frutas, del tiempo que él fue un viejo árbol, esas son las espinas victoriosas, ponzoñas que fueron anunciadas por el persecutor olor de las flores.



Las observaciones y los comentarios de un poema pueden ser profundos, singulares, brillantes o verídicos. No pueden reducirse a una sola interpretación o a un proyecto o razón que no tiene razón de ser. La riqueza de un poema, si ella debe evaluarse con el número de interpretaciones que suscita, para arruinarlo seguramente, pero manteniéndolos en nuestras vestiduras, esta medida es aceptable ¿Qué es lo que centellea, habla más de lo que susurra, se transmite silenciosamente, hace fila de más detrás de la luna, sin dejar más que lo vacío del amor, la promesa de la inmunidad? Ese centelleo personal, esa trepidación, esa hipnosis, esas batallas innombrables son tantas versiones, unas plausibles de un evento único: el presente perpetuo, en forma de rueda como el sol y como el rostro humano, antes que la tierra y el cielo lo halan hacia ellos sin estirarlo cruelmente.



Acercarse a Rimbaud el poeta es una locura porque él personifica  a nuestros ojos lo que el oro era para él: el intradós (parte inferior de un arco, familiarmente un puente) poético. Su poema, fascina y provoca al comentador, el quebrantamiento inmediato; cualquiera que sea. Y como su único, ha obtenido a través la divergencia de las cosas y de los seres de los que está formado, absorberá sobre un plano burlesco los reflejos empobrecidos de sus propias contradicciones. Ninguna objeción a esto pues él las comprende todas: “yo he querido decir lo que eso dice, literalmente en todos los sentidos”. Palabra que, pronunciada o no es cierta, que se remonta indefinidamente.



Hace falta considerar a Rimbaud en la sola perspectiva de la poesía. ¿Es escandaloso? Su obra y su vida así se descubren de una coherencia sin igual, ni par, ni, por desgracia, su originalidad. Cada movimiento de su obra y cada momento de su vida participan en una empresa que diremos conducida por la perfección por Apollon y por Plutón: la revelación poética, revelación la menos deforme que, en tanto que ley, nos separa, pero que, bajo el nombre de noble fenómeno es nuestro encanto casi familiar. Estamos prevenidos: fuera de la poesía, entre nuestro pie y la piedra que presiona, entre nuestra mirada y el campo recorrido, el mundo es nulo. La verdadera vida, la colosal irrefutable, no se forma más que en los flancos de la poesía. Sin embargo, el hombre no tiene la soberanía (ni la tuvo ni la tendrá) de disponer a discreción de esa verdadera vida, de fertilizarla, salvo en los destellos que se parecen a los orgasmos. Y en las penumbras que los suceden, gracias al conocimiento que esos destellos han dado, el Tiempo, entre el vacío horrible que se mantiene oculto y una esperanza-presentimiento que no revela más que a nosotros,  y no es más que el próximo estado de poesía extrema y de visiones que se anuncia, el Tiempo se compartirá, se colará, pero a nuestro favor, mitad pradera, mitad desierto.



Rimbaud tiene miedo de lo que descubre; las piezas que se juegan en su teatro lo atemorizan y lo sorprenden, él teme que lo increíble no es real, y, por consecuencia, que los peligros que su visión le hace correr, así sean ellas mismas reales, están gravemente ligadas en vista a su pérdida. El poeta ruso (no se refiere a Rimbaud ya que él nació en 1854 en Charleville-Mézières, Francia) se esfuerza por desplazar la realidad agresiva en un espacio imaginario, sobre los tratos de un Oriente legendario, bíblico, donde se debilitaría, se apocaría su fabuloso instinto de muerte. Rusia es vana, el terror se justifica, el peligro es real. El reencuentro que persigue y que aprende, sobrevive como un doble cuerno, penetrando en sus dos puntos, en su alma y en su cuerpo.



Hecho raro en la poesía francesa e insólito en la segunda mitad del siglo XIX, la naturaleza en Rimbaud tiene una parte preponderante. No la naturaleza estática, poco apreciada por su belleza conveniente o sus producciones, pero sí asociada al poema donde ella interviene con frecuencia como materia, fondo luminoso, fuerza creativa de pensamientos inspiradas o pesimistas, gracia. De nuevo, ella agita, inquieta. He aquí lo que le sucede a Baudelaire. De nuevo las palpamos, sentimos sus extrañezas minúsculas. Percibimos en reposo que ya un cataclismo la arremete. Y Rimbaud va del dulce travesaño de hierba donde la cabeza olvidada las fatigas del cuerpo y se convierte en un agua de fuente, alguna caza entre poseídos en el pico de un acantilado que  expulsa el vómito y la tempestad. Rimbaud se apresura de lo uno a lo otro, de la infancia al infierno. En la Edad Media la naturaleza era combativa, intratable, sin brecha, de una grandeza indisputable. El hombre era raro, y raro era lo útil, al menos su ambición. Las armas desdeñadas o ignoradas. A finales del siglo XIX, luego de fortunas diversas, la naturaleza, encerrada por las empresas del hombre cada vez más numerosas, excavada, devastada, retorcida, dividida, desnudada, flagelada, acobardada, la naturaleza y sus amados bosques son  reducidas a una vergüenza de servidumbre insufrible, una disminución terrible de sus bienes. ¿Cómo se haría insurgente si no es por la voz de los poetas? Él siente despertarse el pasado perdido y burlado de sus ancestros, sus afinidades guardadas para sí. También vuela él a su ayuda, eterno y lúcido Don Quijote, identifica su destreza y la del otro, le devuelve a él, con el amor y el combate un poco de su indispensable profundad. Él sabe la vanidad de los renacimientos, pero más y mejor que todos, él sabe que la madre de los secretos, ese que ocupa las arenas que se expanden sobre el aire de nuestro corazón, de esa reina perseguida hay que mantener desesperadamente su partida.



Con Rimbaud la poesía dejó de ser un género literario, una competición. Antes de él, Heráclito y un pintor, Georges de la Tour, habían mostrado qué casa entre todas debía habitar el hombre: a la vez estático por el soplo y la meditación. Baudelaire es el genio más humano de toda la población  cristiana, su canto encarna esto último en su conciencia, en la gloria, en sus remordimientos, en su maldición  en el instante de su caída, de ser detestable, de su apocalipsis “Los poetas, escribe Hölderlin, se revelan en su mayoría al comienzo o al final de una era. Es por sus cantos que el pueblo se retira el cielo de su infancia para entrar en la vida activa, en el reino de su civilización. Es por sus cantos que ellos regresan a la vida primitiva. El arte es la transición de la naturaleza a la civilización y de la civilización a la naturaleza”. Rimbaud es el poeta de una civilización aún no aparecida, civilización donde los horizontes y los muros no son sino pajillas furiosas. Para parafrasear a Maurice Blanchot, he aquí una experiencia  de la totalidad fundada en el futuro, expiada en el presente, que no tiene más autoridad que la suya. Pero si yo sabía lo que era Rimbaud para mí, sabré lo que es la poesía frente a mí y no tendré más a la escritura.



El instrumento poético inventado por Rimbaud es quizás la única réplica del Occidente repleto, contento de sí, bárbaro desde su fuerza, habiendo perdido justo hasta el instinto de conservación y el deseo de belleza a las tradiciones y a las prácticas secretas de oriente y de las religiones antiguas así como las magias de los pueblos primitivos. ¿Este instrumento, del que disponemos, será nuestro último chance de encontrar los poderes perdidos? ¿De igualar a los Egipcios, los Cretenses, los Dogones, los Magdalenienses? Esta esperanza de volver es la peor perversión de la cultura occidental, su más loca aberración. Queriendo remontar a las fuentes y regenerarse, no se hace más que agravar el anquilosamiento, que precipitar la ruina y castigar absurdamente su sangre. Rimbaud había probado y reposado esta tentación: “hay que ser absolutamente moderno: tener el paso ganado”. La poesía moderna tiene un país de atrás donde la única ropa es la sombra. Ningún pabellón flota largo tiempo sobre ese barquillo que, según el deseo de su capricho se da a nosotros y se retoma. Pero ella indica  a nuestros ojos el rayo y sus recursos vírgenes. Algunos presentan: “¡Es muy poco! Y cómo distinguir lo que allí sucede? ¿Esos minuciosos tendrían el sueño de tallar el sílex hace veinte mil años?



Rimbaud se evade situado indiferentemente en su edad de oro en el pasado y en el futuro. Él no se establece. Él no hace surgir otro tiempo sobre el modo de la nostalgia o el del deseo, que por abatirlo tempranamente y recaer en el presente, ese dar en el blanco siempre hambriento de proyectiles, ese puerto natural de todas las partidas. Pero del aquí al más allá, la  exasperación es extraordinaria. Rimbaud nos ha producido la relación. En el movimiento de una dialéctica ultra rápida, pero tan perfecta como él no engendra un alocamiento, pero sí una ventisca ajustada y precisa que lleva todo con ella, insertando en el devenir su carga de tiempo puro, él nos entrena, él nos somete, consintiéndolo.



Para Rimbaud, la dicción precede de un adiós la contradicción. Su descubrimiento, su fecha incendiaria es la rapidez. La alcurnia de su palabra, su alargamiento desposado y cubierto de una superficie que el verbo hasta él no había jamás esperado ni ocupado. En poesía no se habita más que el lugar del que se ha partido, no se ha creado más que la obra en la que uno se desliga, no se obtiene la duración más que destruyendo el tiempo. Pero todo lo que se obtiene por ruptura, desligamiento y negación, no se obtiene que por los otros. La prisión se cierra tan rápido sobre el fugitivo. El que da libertad no es libre sino en los otros. El poeta no se regocija sino en la libertad de los otros.



Al interior de un poema de Rimbaud, cada estrofa, cada verso, vive de una vida poética autónoma. En el poema Genio él se describe como en ningún otro poema. Nos da el permiso, en efecto, que el concluye. Como  Nietzsche, como Lautréamont, después de haber exigido todo de nosotros, él nos pide de  “reenviarlo”. Última y esencial exigencia, ¿él que no se satisfizo de nada?, ¿cómo podremos nosotros satisfacernos de él? Su marcha no conoce sino un término: la muerte, que no es un gran asunto de este lado. Ella lo recibirá después de sufrimientos psíquicos tan increíbles como las iluminaciones de su adolescencia. ¿Pero su madre no lo había dado a conocer al mundo en un lugar de nacimiento impertinente rodeado de vigías parecidos a serpientes ávidas de calor?  Estaban tan bien guarecidos de él que lo acompañaron hasta el fin, no dejándolo que sobre el piso de su sepultura.


René Char
1956

viernes, 4 de enero de 2013

Imaginería y movimiento

Dentro de las múltiples posibilidades del ser humano está la imaginación. Podemos correr, comer, trotar, hablar, perder el tiempo de forma olímpica frente a un cubo de imágenes muertas, disfrutar de un lírico ausente que vive de nuevo en su música milenaria, podemos llorar por amores negados del cielo, podemos sentir escalofríos y vernos al espejo al mismo tiempo, tantas cosas podemos hacer y, sin embargo hay acciones que por más que las intentemos lograr con éxito, sin importar lo que hagamos, caemos al vacío hasta una nueva ensoñación.

Imaginar no es, como muchos lo suponen, cerrar los ojos y recordar percepciones pasadas de recuerdos como una brisa de invierno, un beso perdido en un viaje o cualquier suceso que ya haya tenido una posición en la realidad inmediata de días anteriores. Incluso, las imágenes de los sueños pasados pueden dejar de ser imaginación porque esta debe ser inmediata y escurridiza, no puede concentrarse en imágenes sucesivas con una matriz sólida, esto ya sería un proceso hecho a partir de la imaginería que desembocaría en una imagen fija o en una obra de arte, una novela, un cuento, un poema. Este texto corto y práctico se refiere a lo que Gastón Bachelard (El aire y los sueños) quiere mostranos en sus múltiples libros sobre la imaginación "[…] la imaginación es, sobre todo, un tipo de movilidad espiritual, el tipo de movilidad espiritual más grande, más vivaz, más viva". Hacemos referencia al tipo de imágenes de la ensoñación justa y momentánea, a aquellos movimientos del espíritu que se estremecen dentro de nuestro cuerpo y nos habla en leves chispas de colores que se arremolinan en el sueño y perturban nuestro cuepo de tal forma que sentimos a nuestro lado la angustia de descifrar de dónde provienen y ponemos en duda las filosofías modernas que nos ubican en lo absoluto. Acaso somos lo absoluto como lo exponía Hegel, y si lo somos cómo es que no podemos mesurarnos nosotros mismos, en los predios de nuestra existencia. Todo es tan inmenso y está en nosotros de tal forma que se agolpa en una nada inasible de la que no podemos entrar ni salir voluntariamente. Quizás nuestro ser es en sí mismo una barrera, un espejo en el que no podemos vernos completamente sino a medida que nos vamos creando y vamos escogiendo o aniquilando lo que no nos conviene sino lo que es absolutamente necesario y privilegiado de nuestro espíritu. Y la imagen se completa solo en la muetre cuando somos verdadeamente absolutos y nos unimos a la inmensidad, a la gran madre que vive para esperarnos.

La conciencia navega en la imaginación, nace atraída por imágenes que no son suyas, quizás por fénomenos que pasan de ser especulación del espíritu en un lugar remoto a una manifestación de algo que toma la calidad de intrascendente. Imaginar es entonces un distanciamiento de nosotros mismos, de lo que somos, de nuestro tiempo como lo conocemos, de la materia y del espacio y los colores. Vivir la imaginería es hacerse a sí mismo dentro de un plano de libertad que no es posible sino es la anarquía total de espíritu en reposo. La imaginación no tiene cadenas superpuestas más que el superyo, expuesto en las teorías psicoanalíticas en repetidas ocasiones, sin embargo, este existe en la medida de que queramos ver o no ver lo que oculta la imaginación. No podemos huir de lo que somos ni dejar que una barrera a nuestra imaginación lo haga. "Si no hay cambio de imágenes, unión inesperada de imágenes, no hay imaginación, no hay acción imaginante. Si una imagen presente no hace pensar en una imagen ausente, si una imagen ocasional no determina una provisión de imágenes, no hay imaginación", expone Bachelard, así que sin una libertad, sin la movilidad que la imaginación requiere es absurda la imaginería ya que estaría tan maniatada que sería como una imagen estática de lo que queremos ver y no de lo que nosotros desde nuestro supuesto absoluto queremos mostrarnos para seguir construyendo nuestro ser en el mundo. 




viernes, 5 de octubre de 2012

De roca en roca



Cronica del oficio extraño



Algunas personas simplemente no trascienden en nuestras vidas. No son interesantes, no saben hacerse sentir, no llevan consigo una marca de originalidad para distinguirlos o de amabilidad para respetarlos. Por el contrario, hay otras que son de un carácter tan excéntrico, de unas costumbres tan sofisticadas y al mismo tiempo tan nobles y abiertos, que así se pierdan en su misma extravagancia es difícil despegarse eso que dejaron en uno contagiado.

     Cuando conocí a Johan jamás pensé que fuera como resultó ser. Al principio me pareció un tipo normal, un loco mechudo de la UIS que estudiaba biología, que era amigo de Miguel y parte del grupo scout de Bucaramanga; se la pasaba hablando sobre partes de plantas y de animales, de extractos extraños, de hongos e incluso de mitología, decía todo como si fueran verdades irrefutables, con un ahínco y una perseverancia que más parecían de abogado que de biólogo. Lo conocí antes de entrar a la Universidad, sin embargo lo conocí dentro de la Universidad, por los tiempos en los que cualquiera podía entrar sin ser molestado por algún guardia de seguridad a la entrada, ni siquiera había que tener carnet o carta de invitación para entrar, lo único que se necesitaba era un uniforma de colegio, un bolso con libros o un folder. Por aquellos tiempos la universidad era muy diferente, se respiraban aires un poco más autónomos por parte de los estudiantes aunque, lo admito, era impresionante la cantidad de tahúres que había. Miguel me invitaba a acompañarlo a jugar, con él siempre estaba Johan, o Camacho, porque solían llamarse por el apellido como en el colegio, así que Miguel se sentaba a jugar, a ganar o a perder dinero mientras Johan y yo y el que quisiera, disfrutábamos de conversaciones existenciales o religiosas, hacíamos especulaciones maravillosas y dejábamos que fueran las palabras las que se apoderaran de nosotros hasta que caía la noche y ya no quedábamos en pie más que los tres. Miguel salía contento o triste, según su bolsillo, aunque, generalmente él, estudiante de Licenciatura en Matemáticas, posee un sentido de humos exaltado y único, capaz de despistar a los otros jugadores y capaz de superponer lo gracioso a cualquier pérdida.

     Tiempo después, cuando ya Diego Alejandro era un Universitario con carnet, se me hizo raro no ver a Johan por ninguna parte. Encontraba a Miguel en las mesas de juego, riendo y haciendo chistes, pero Johan no estaba en las mesas de conversaciones.  Era extraño porque realmente sabía hacer interesantes las charlas. Al principio no le presté mucha atención. Estará en clase –pensaba. Sin embargo, y después de no verlo casi por dos semanas, hice la pregunta a Miguel y él me respondió que había y tenido que dejar de estudiar este semestre debido a ciertas responsabilidades que él tenía con su madre y su hermana, que él era el hombre de la casa, el mayor, y por cuestiones del azar y de la economía debía invertir su tiempo en algún trabajo que le reportara dinero. Lo comprendí bien. Sabía que habían personas que debían hacer ese tipo de excepciones o pausas en su vida, así como otros lo hacían a la par con el estudio, es decir, trabajo y estudio al mismo tiempo, formal o informal, ahorro para el semestre, para la familia o para viajar. Yo mismo viví esto un tiempo, después de que salí del colegio debí trabajar en un taller de joyería para pagar los gastos de inscripción a la Universidad, luego lo dejé y seguí desempeñando un trabajo informal con una familiar. Son cuestiones que roban tiempo, y más si son situaciones que involucran la familia. No le hice más preguntas al respecto a Miguel y decidí que en el transcurso de los días debíamos volvernos a encontrar.

     Muchos semanas después, un tarde de sopor en unas bancas de cabecera, a uno de los amigos de Johan y Miguel se le dio por decir que Johan se había vuelto vegetariano y que estaba flaco y amarillo, que al fin la locura lo había alcanzado desde la naturaleza, que había cambiado de religión y que ya no reconocía ni a Miguel. Al principio me hizo gracia, lo imaginé con una túnica curaba, un mechón de cabello en la parte posterior de la cabeza y vendiendo hamburguesas vegetarianas. Todos reíamos y decían que de él se podía esperar cualquier cosa. Luego llegó. Pero no llegó flaco y vegetariano ni rapado, sino macizo, con el cabello más largo que antes, más moreno, con una mirada de determinación más rústica y con bandas en los dedos de las manos. Su espalda se había ensanchado como la de un campeón de natación, igual sus piernas, el cabello parecía el de una mujer y conservaba la expresión recia y seria de su rostro. Todos lo saludamos de la misma forma, con cierta distancia de respeto, menos Miguel que era como su hermano ye igual de alto y fornido que él, aunque se notaba que no le gustaba mucho esas muestras de afecto. Fue entonces cuando nos enteramos, de su misma boca, lo que había estado haciendo.

     No esperábamos lo que nos dijo, sabíamos que Johan era excéntrico y que no era de las personas que desempeñaría cualquier trabajo, pero ¡instructor de rappel! Todos quedamos atónitos y luego reímos a carcajadas porque pensábamos que se estaba burlando de nosotros, pero la expresión en su rostro era de tal determinación que no había más remedio que seguirlo escuchando. Nos contó que había iniciado con esa visión desde que estaba en segundo semestre, que él y otro compañero se iban al muro de la Universidad a practicar y que así fue acercándose más y más a su deseo, que había ahorrado y había pedido dinero prestado para comprar las herramientas necesarias, que había tenido problemas en casa y con sus prestamistas. Nos parecía una locura, típico de Johan que vive en un mundo de voluntad exaltada.

     Mientras él nos relataba esto, yo recorvad una ocasión en las que nos invitó a “La mojarra”, unas cascadas lleno para Piedecuesta, muy bellas por cierto, era una trayectoria de todo el día, mientras se pasaba por caminos muy estrechos buscando los posos de una corriente de agua fuerte y fresca que nacía de la montaña. Recuerdé muy bien la segunda cascada que era la más difícil y en la que duramos más tiempo arrojándonos al pozo. La cascada era una caída de más o menos diez metros, adornado por una roca enorme por la que había que subir, quisiese o no porque por allí era el camino. En el agua habían pequeños cangrejos y  la naturaleza se tragaba la luz del sol, pero cuando uno lograba subir la cascada, con la ayuda de Johan, la primera vez, podía ver cómo era el sol el que iluminaba un tapete verde de hojas, mientras la razón peleaba con uno porque estaba al borde de una enorme roca resbalosa, todo descalzo y mojado, mirando al frente, donde caía el agua limpia y con fuerza para sumergirse con un pozo verde y frío. Johan nos brindaba adrenalina, nos compartía su vida, sus hazañas y sus deseos, entonces uno dejaba de pensar en que podía rajarse la cabeza en medio de la nada y perder allí la vida o la consciencia y se arrojaba al vacío, caía con el agua hasta tocar el hielo del pozo en medio de los aplausos y chiflidos de los demás, desbordando adrenalina y crecido por el hacer sido capaz de… porque ensero que se necesitaba estar muy loco, o tener muchos cojones para subir esa piedra y tirarse, sabiendo que estaba mojada, con cieno, y que al menor paso en falso lo mínimo que se podía esperar era una fractura. 

     Gracias a ese día recordé tardes entera de mi infancia en las que partíamos con “los grandes del conjunto” hacia “la Clausen” unos nacimientos de agua en Floridablanca que no eran tan extremos como el que nos mostró Johan, pero si guardaban en la  travesía el espíritu de aventura que tanto había olvidado.

Esa noche, en la que Johan reapareció y nos relató su trabajo, dedujimos que el más feliz de nosotros en ese momento era él. Había hecho lo que gustaba y lo desempeñaba muy bien, por lo visto ganaba bien porque las escaladas no se bajaban de cien mil pesos por persona o algo así, a menos de que fuera alguna compañera especial o un amigo de confianza. Al parecer, después de los tiempos difíciles en su hogar ya podría el estar más tranquilo y quizás volver a la U, pero eso al parecer no era lo que tenía en mente. Finalizamos la noche en el antiguo “Jamming”, un bar de reggae cerca a las bancas donde estábamos, cantamos a voz en cuello “Divina Ciencia”, “Te conozco de antes” y “Tonigth”… la expresión en el rostro de Johan había cambiado mucho y en sus ojos se veía el destino de los que parten.

     Volvió un semestre a la Universidad, iba no iba, cuando nos sentábamos a hablar no dejaba de evocar la tranquilidad de las montañas, la aspereza de las rocas, el frío de las mañanas del campo, las flores, los animales, la tranquilidad en sí de su trabajo. Al parecer lo extrañaba, demasiado. Se volvió más callado, ya no intervenía en las conversaciones como antes, se quedaba ahí pensando, imaginando, supongo, un atardecer perdido en la cima o una fogata para cerrar la victoria.

     Johan dejó de ir a la Universidad. Hace unos meses nos hablamos y me dijo que había escrito un libro sobre los mayas, lo cual resultó ser cierto, empezamos juntos a corregirlo pero como todo lo académico lo dejó de lado, no quise preguntarle si quería volver a la universidad, de todas formas se le ve feliz y decidido, sigue desempeñándose como instructor de  rapel y no deja de tener ideas excéntricas. Sé que le hace falta a muchos en la Universidad porque es una gran persona, pero también sé que a esas grandes personas también les hace falta la soledad y el sopor de estar tranquilos consigo mismos, porque si algo se destaca en él, es que vive de la verdad, y estoy seguro que al último que le mentiría sería a él mismo.









Diego Alejandro Mantilla Beltrán

jueves, 4 de octubre de 2012

OJOS SIN BRILLO

Crónica final




Los miedos en ocasiones nos llevan a encerrarnos en una burbuja desde donde nos sentimos seguros, como investidos por un manto de protección y calor que difícilmente podría ser deshecho. No queremos que nadie nos hable al respecto y si se llega a nombrar el tema, enseguida vienen las excusas y los lamentos, partimos a toda prisa para que no se descubra el temor que prefiere guarecerse que enfrentarse.

Desde muy chico, precisamente desde el fallecimiento de mi abuelo paterno, hice un  pacto con migo. Recuerdo que tenía 10 o 11 años, ya sabía lo que era la muerte, el hecho de que la persona no volviera nunca más, que su rostro se quedara en las fotografías o en los recuerdos.

La primera imagen que viene a mi mente de aquella experiencia es la máquina de cafés y los cubitos de azúcar de la funeraria, supongo que preferí jugar con ellos, divertirme con la oscuridad del tinto que sombrea la blancura del cubito y luego se lo traga, lo disuelve y se lo lleva al pozo de la taza. Allí estaba también yo, en el pozo de mis pensamientos, resguardado en mis juegos, haciéndome pasar por desapercibido frente a mis propios familiares con único fin de que nadie me acercara al ataúd abierto de mi abuelo.

No sé exactamente si tenía miedo, sería normal ya que mi edad lo permitía en los límites de lo normal, sin embargo ese día me juré jamás mirar al interior de un ataúd. Así pasó el resto del día en la funeraria. Mi familia apenada y llorando, y yo, buscando juegos improvisados y excusas para que no me alzaran ni me llevaran a rastras hasta el cofre pintado de caramelo para ver un rostro que me imaginaba aún vivo.

El tiempo ha pasado y he asistido a otros cuatro o tres velorios más, el del padre de un primo, el del hermano de un amigo, el de mi abuelo materno y el de un familiar de mi novia, y en ninguno de los casos me he atrevido a asomar mi cabeza por el cofre abierto. Siempre digo –es mejor recordarlos como eran antes –sin embargo, cuando voy a velorios de personas que jamás había visto tampoco me atrevo a mirar, me impido caminar rumbo a ese largo lugar de reposo, oloroso a flores, a perfumes, a polvos de mujer y a incienso ascendente.

Quizás sea cierto, a lo mejor le tengo miedo a los cadáveres –pensaba hace unas semanas –por qué no averiguarlo de unas vez por todas, a ver si es que jamás me voy a atrever a acercarme a un sarcófago con un muerto, por qué no irme a la fuente y verlos desnudos, sin arreglar, aún mohosos tal vez, aún con rastros de color en su piel marchita; por qué no recorrerlos con la mirada, y si es que tengo miedo, por qué no averiguarlo de una vez por todas y salir despavorido frente al rostro de la muerte.

Entrar al anfiteatro será un enfrentamiento psicológico con migo mismo. Antes de tocar aquel piso frío o limpio mi espíritu está sereno, de hecho está ansioso. Me hago entonces preguntas que me desconciertan como ¿por qué es que no me atreví nunca a ver el rostro de los muertos si desde muy chico me han gustado las películas de terror, de sangre y de cadáveres? ¿Cómo es que después de pasar tantos videojuegos sangrientos piense que le tengo miedo a los muertos?

Mi abuelita si dice “a los que hay que tenerle miedo es a los vivos, los muertos ya no pueden hacer nada”. Por otro lado también recuerdo que de niños éramos, mis amigos y yo, muy masoquistas con esto de influirnos temor, quizá algo quedó de aquellos juegos macabros.

Situados ya en el presente, he decidido averiguar de una vez por todas que sucede con ese episodio enlagunado de mi vida. Por cuestiones del destino, una familiar muy cercana, mi prima María Andrea Castellanos, estudia enfermería en la UIS y, al hacer contacto con ella, una mujer muy hermosa por cierto, no me imaginé que ella podría ser quien me llevara a este sitio donde tal vez entraría a descubrir una parte de mí que siento empantanada.

Al preguntarle sobre sus experiencias ella respondió:

Cuando se ingresa por primera vez al anfiteatro todos tienen diferentes reacciones en mi caso personal fue impresión pero a la misma ves tenia ansiedad de mirar el cuerpo y saber cómo eran los músculos realmente, pasan muchas ideas por la cabeza porque es mirar el interior de un ser que alguna vez estuvo vivo y que tristemente nadie reclamo su cuerpo.

Muchos de mis compañeros se marearon, empezaron a sudar y a ponerse fríos porque algunos cuerpos están en muy mal estado y se ven despedazados los músculos parecen carne desmechada suena terrible pero es así, además el olor a formol es bastante incómodo.
Algo que se me olvidaba en la primera visita cuando se finaliza la práctica, entregan una encuestas donde hay preguntas como, su reacción en el anfiteatro fueron : de miedo, de ansiedad, de incomodidad, y así sucesivamente. Ya que hay casos de estudiantes que generan unos traumas y tienen pesadillas y el miedo es tanto que les impide el ingreso a la práctica.

Yo me he dado cuenta que ya es tan cotidiano estudiar en un cuerpo que muchas veces nos olvidamos que es una persona y no la tratamos con la delicadeza que se merece el cuerpo.

A pesar de todo lo anterior no deja de ser emocionante tener la oportunidad de ver el cuerpo humano en el interior y estudiar su funcionamiento, siempre que hay una práctica se aprenden millones de cosas.

 Supongo que hay situaciones que es mejor no develar ante uno mismo. Pienso que por eso pasó lo que pasó y mi visita a ese lugar se entorpeció hasta más no poder. Sin embargo, me quedan todas las imágenes que Andrea dejó en  mi mente, la idea de insensibilidad que crean los médicos que empiezan a jugar con los cadáveres como si fueran muñecos, como lo que son, objetos de estudio. Me molesta pensar de nuevo en que la mayoría son cuerpos que nadie desea reclamar, personas sin familia o que simplemente no tuvieron buenas relaciones con nadie, es triste, pero es cierto.

El ser humano, resulta en varias ocasiones, inhumano, y no lo digo solo por jugar con nuestros cuerpos después de la muerte y maquillarlos o abrirlos y llenarlos de líquidos para que se noten más las venas y podamos estudiarlo, no, hablo de la deshumanización con nosotros mismos, como en mi caso, con este miedo que no concreto, quizás sea mejor dejarlo madurar hasta que el día tenga que llegar y por fin descubra mi arrepentimiento, para qué afanarlo, curarlo a la brava, acaso no soy humano y tengo derecho a experimentar las sensaciones... acaso un cadáver necesita que yo me pare a su lado a tomarle fotos y a verlo deshumanizado en una camilla de acero, desnudo, morado, con los ojos dormidos, sin brillo y la boca azul. Me quedo con las imágenes y sigo con mis incognitas, ya vendrá el día del encuentro con mis temores.